8 de agosto de 2026.
He despertado.
Sigo vivo.
Inexplicablemente.
Anoche vi muertos por las calles.
Abanicándose.
Muertos zigzagueantes
por las calles resecas y calcinadas.
Eran muertos fosforescentes.
Las luces resplandecían
sobre los chorretones de su sudor.
Yo ya no sudaba.
No me quedaba agua dentro.
Y mi sangre se santiguaba en las venas
ante el inminente colapso que me rondaba.
El tórrido Caribe es Siberia
comparado con este infierno poblado por zombis.
Llegué a casa más muerto que vivo.
Me despedí mentalmente
de toda la gente que conocí
en este mundo donde pasé tantos años.
En la cama cerré los ojos sonriendo a la nada
y me dispuse a ser cenizas moleculares del universo.
Pero he despertado.
No hay manera.
Yo diría que me tienen miedo, que no se fían de mí.
Que por culpa de mi amiguito Terremoto Crazy
no me quieren admitir ni en el cielo ni en el infierno.