En algunos pueblecitos
de los Pirineos españoles
justo poco antes
de los días más importantes
de la Semana Santa
y como recuerdo del bautismo
y de la fragilidad de la vida humana
se sigue manteniendo
una curiosa tradición
que se remonta a casi mil años
y que consiste
en que los niños nacidos
durante los últimos doce meses
son arrojados al río
cuya agua está casi helada
desde el árbol cercano más alto
y al oír el primer lloro
los padres con los ojos vendados
han de intentar rescatarlos
antes de que sus hijos desaparezcan.
Va quedando muy poca gente en esos pueblecitos.