Un día inesperado
de hace muchos años
aparecí en un cuento
de colores preciosos
y páginas que brillaban.
En el cuento
había una princesa
tan y tan hermosa
que las flores la envidiaban.
Yo era un trovador
de mil latidos mágicos
que cuando la veía
se me desmayaba la sangre.
Hacíamos muy buena pareja.
Estábamos tan bien juntos
que el viento
los árboles
y las estrellas
suspiraban al vernos pasar.
Pero pasaron las páginas
y el autor nos separó.
Ni fuimos felices
ni comimos perdices.
Y cuando
la vida trinaba
el cuento se acabó.
Ella desapareció
y yo aterricé
en una novela realista
donde no había princesas
ni bonitos castillos
en los que reinara la felicidad.
Tampoco había carrozas
con hermosos caballos blancos
que atravesaran bosques encantados.
Era una novela dura y difícil
donde a zarpazos
el mundo te arrancaba la sonrisa.
Y así fue pasando el tiempo.
Yo sigo en la novela.
Una novela cada vez más aburrida.
Quedan muy pocas páginas
y todo tiende a empeorar.
No sé qué hará el autor conmigo.
Ahora soy un personaje secundario
que cada vez tiene menos protagonismo
y viendo cómo avanza el relato
sospecho que voy a tener un triste final.