Hace mucho
que los humanos
dejaron de pensar.
Aún no se sabe
si infectaron el agua
contaminaron el aire
o envenenaron los alimentos.
Después vino la abducción mental.
El resultado ha sido catastrófico.
Los humanos ya no piensan.
Han vuelto al mono.
Se rascan, comen, beben y nada más.
Les dicen: "por aquí" y ellos por aquí.
Les dicen: "por allá" y ellos por allá.
Ni en las iglesias
ni en las mezquitas
ni en otros lugares de culto hay esperanza.
Los que las administran también han sido abducidos.
Las escuelas
son establos decrépitos
donde rumian sin futuro alguno
los cachorros de una generación que se suicidó.
Sus profesores perdieron toda esperanza
y en poco tiempo se convirtieron en guardianes de nada.
En los hospitales
los médicos olvidaron lo que sabían
y ahora consultan las pantallas a espaldas de los enfermos.
El algoritmo decide.
Hoy mato a cien.
Hoy mato a diez mil.
Hoy mato a dos millones.
Y da diagnósticos equivocados.
Y ordena tratamientos propios de la locura globalizada.
En las calles
los humanos pululan
como si no pasara nada
porque efectivamente ya no piensan.
Ahora son humanos sin cerebro.
Se despiertan y van en busca de una pantalla.
Y clavan sus ojos en ella.
Y abren el corazón para recibir la doctrina.
Hoy piensa esto.
Mañana ya te diremos que has de pensar.
Eso sí.
El algoritmo es listo y no se les ríe en la cara.
El algoritmo es sabio y disimula.
El algoritmo Dios ha dado las instrucciones del día.
Y ellos las leen con sus ojos esclavos
entre colores brillantes y emoticones que sonríen.
Después obedecen.
Ciegos de corazón.
Sonámbulos de emociones.
Tristes amebas disfrazadas de humanos.
Ni en las peores profecías de Nostradamus se contempla tanto horror.