Todo me parece un sinsentido.
Lo que sé.
Lo que observo.
Y por encima de todo
lo que me explica la gente.
Observo cómo esas bocas presumidas
que sin consideración alguna se dirigen a mí
se abren y se cierran emitiendo palabras
que flotan en el océano de su enorme vanidad.
Casi siempre desconecto
de las estupideces ensalivadas
que salen de esas bocas demenciales
y para no ofender a sus egos gigantescos
he aprendido a hacerles creer que les escucho.
Mis ojos dan el aviso
mis oídos alzan un muro protector
y mi cabeza se mueve de modo automático
en función de las ridiculeces que salen de esas bocas.
Enseguida que puedo me escapo.
Después intento resarcir a mis ojos y oídos
con algún premio que les permita olvidar a esos besugos.