En la sombra del estuche
llora apenado
un anillo
de rubíes y turquesas.
Tres dedos tuvo
el anillo
que ahora
suspira de tristeza.
Tres dedos hermosos.
El de la abuela.
Después el de la madre.
Y más tarde el de la nieta.
Cada dedo una vida.
Cada vida: alegrías y penas.
Murió la abuela
una mala tarde de abril
mientras subía por la escalera.
El anillo cambió de dedo.
Pasó el tiempo:
otoños, inviernos
veranos y primaveras.
El anillo vivía feliz
en el dedo de la madre heredera
hasta que un diagnóstico inesperado
la arrancó de la vida
y la ocultó para siempre bajo tierra.
Y el anillo cambió de dedo.
Ahora era el dedo de la nieta.
Una mujer alegre, feliz y algo traviesa.
Y el anillo resplandecía hermoso
en calles, en tiendas, en bares y en fiestas.
Y el dedo lo quería.
Y el anillo latía enamorado de la nieta.
Y pasaron los años.
Y llegaron las arrugas, la soledad, y la tristeza.
Y poco a poco la nieta languideció
y una mañana de un verano abrasador
los servicios sociales la encontraron muerta.
Se llevaron el cadáver de la nieta.
Al anillo lo desahuciaron del entrañable dedo.
Lo depositaron en un estuche de sombras siniestras.
Y pasan los días.
Y pasa la vida.
Y hay peleas por la herencia.
Y el anillo sigue ahí... esperando un dedo que lo quiera.