Me despiertan
voces que hablan
en mi casa tan vacía.
No entiendo qué ocurre.
De repente
una risa helada
atraviesa la oscuridad.
Doy la luz.
La luz parece agonizar.
Luz débil y temblorosa.
El enano que murió
se ríe sin parar
mientras me sigue
escondido entre las sombras.
Muertas mucho antes
su abuela y su madre
están sentadas en el sofá
y ahora me hablan
en un idioma que desconozco.
De tanto en tanto
me señalan y se ríen.
Conecto la televisión para que se vayan.
No hay imagen.
Miles de puntos blancos y negros.
Sólo oigo un sonido atroz
mientras la pantalla chisporrotea.
El enano
sale de las sombras
y abrazándolas les habla al oído
mientras me señala con un dedo retorcido.
El chisporroteo de la televisión
es cada vez más estruendoso
y se convierte en una oscura y atroz letanía.
Es el sonido del infierno
chillan alborozados
el enano, la madre y la abuela.
Vienen a por mí con los ojos en blanco.
Busco un algo para ahuyentarlos.
No encuentro nada.
Se acercan.
Se ríen.
Se arrancan la ropa
y en sus pechos de piel apergaminada
brillando con gran fosforescencia
exhiben la maligna cara del temible Satanás.