Anclados en el destiempo.
Desterrados del trabajo.
Exiliados del poder.
Pensionistas privilegiados.
Los que fueron
se empeñan
en querer seguir siendo.
Y quedan para comer o cenar.
Y cuentan batallitas.
Y anécdotas.
Anécdotas y batallitas
que van cambiando
a medida que pasan los años.
Y ni ellos mismos se las creen.
Y se miran.
Y se observan.
Y se cuentan las arrugas.
Y se preguntan por enfermedades.
Y recuerdan a los que ya murieron.
Y se alegran de seguir vivos.
Y se hacen fotos para no olvidar el día.
Y se desatan las lenguas con el vino.
Y sin sentido alguno tratan de conspirar.
Y se dicen barbaridades.
Y aparecen las carcajadas etílicas.
Y luego los cafés.
Y ahí empiezan a asomar las recriminaciones.
Y haya paz, dicen algunos.
Y ya nadie ríe.
Y se dan cuenta de que ya no son.
De que sólo fueron.
De que el tiempo los archivó para siempre.
Y pagan la cuenta.
Y lentamente
se van despidiendo
porque no saben si volverán a verse.
Y vuelven a casa donde les espera un raquítico futuro.