Desde pequeño me gustan
los lugares donde no hay gente.
Toda la vida los he frecuentado.
Aulas sin profesores ni alumnos.
Comedores vacíos.
Bares en bancarrota.
Montañas lejanas y solitarias.
Hasta en el cuartel
pasé una Nochebuena insólita
fugado como un peligroso desertor
brindando con los ecos y las sombras
de las vacías calles africanas
mientras el resto de soldados
abrazándose en el conmovido patio de armas
bebían y cantaban villancicos tristes y melancólicos.
Siempre lejos.
Lejos de todo lo que de mí se espera.
Rebelde sin causa... igual que la película.
Hoy en día todavía paseo
por calles que sólo frecuentan sus vecinos
por placitas donde los árboles se sorprenden al verme
por playas de invierno cuando la lluvia lleva abrigo y bufanda.
Soy un exiliado eterno en este mundo que me vio nacer.
Sin patria, sin himno, sin banderas, sin futuro...
Por la noche si el cielo lo permite miro alguna estrella
y fabulo con otros mundos y otros universos donde pudiera ser feliz.