Atardecer de primavera.
En la punta del espigón
escucho como las olas
se estrellan salvajes
contra las impasibles rocas.
Estoy solo.
Entre el mar y la tierra.
Rodeado de agua salada y de penas.
A mi espalda
la ciudad se perfila
entre las montañas y el cielo.
Una ciudad
que me acarició
cuando los días tenían vida.
Ahora ni se acuerda.
Ahora ni me contempla.
Le busco un sentido a todo lo que siento.
No lo hallo.
No lo encuentro.
Camino cada vez más solo por la senda del tiempo.
Únicamente me acompañan los recuerdos.
Si pudiera volvería a ser parte de ellos.
Cobijarme en su regazo.
Besar las alegrías.
Aliviar los desconsuelos.
El sol va desapareciendo por su camino viejo.
El agua se viste con un traje más oscuro y elegante.
La noche se acerca.
Ahora la tarde es una espada de acero.
Me hiere.
Me atraviesa.
En el suelo que nadie verá
hay charcos de tristeza y desaliento.
La luz se ha ido sin despedirse.
Se ha ido igual que tantas cosas en mi vida.
No sé qué hacer con los años melancólicos que me quedan.