El sol recién nacido
sale rojo del mar
y también un poco tímido.
Le saludo admirado como un niño.
Bosteza unos minutos
y se levanta en un suspiro.
Entonces se viste de amarillo mágico
y se va decidido a patrullar por el cielo.
Le aplauden las olas frías y oscurecidas.
Y los edificios sombríos
de la ciudad que todavía duerme
le sonríen amables
con mil reflejos de sus cristales.
Todo es tan puro.
Todo es tan hermoso.
En ese momento me siento el rey del mundo.
Un rato después vuelvo a casa
con un cosecha de endorfinas y la ropa bien sudada.
Además el sol cada vez es más vigoroso y pronto quemará.
Igual que tantas otras cosas la dicha no suele durar mucho.