A pesar de no tener
ninguna formación musical
Justiniano siempre ha deseado
ser director de orquesta
y aunque por ahora no lo ha conseguido
todavía no ha perdido la esperanza
por eso de vez en cuando
para ir practicando
Justiniano se desplaza
a las estaciones céntricas del metro
provisto de un taburete
y de un periódico enrollado
que utiliza como batuta
y cuando ve algún músico
da igual que sea en los pasillos
o en el interior de los vagones
se planta delante del mismo
subiéndose en el taburete
y con enérgicos movimientos
empieza a dirigirlo
con inagotable entusiasmo
pero al poco rato
como tantas otras veces
los músicos rabiosos
y retorcidos de envidia
por el potencial artístico de Justiniano
en vez de darle las gracias
por la magnífica dirección
con la que les ha obsequiado
empiezan a insultarle y amenazarle
y cada vez que eso ocurre
Justiniano muy ofendido
da por finalizado el concierto
advirtiéndoles que por maleducados
no piensa firmarles ningún autógrafo
ni aunque se lo pidan de rodillas.