Nadie me habló nunca de la hipocresía.
Todos hacían ver como que no existía.
Nunca oí esa palabra las tardes de domingo
en las bocas mentirosas de las visitas.
Tampoco en las llamadas cada vez más espaciadas
que recibíamos de amigos o familiares.
Ni siquiera cuando en verano aparecíamos en los pueblos
como pájaros de mal agüero anunciando el fin de la tranquilidad
y éramos cambiados por vestidos o electrodomésticos de ocasión.
No.
Nadie me habló de la hipocresía.
Y yo ni imaginaba lo que era.
Pero poco a poco fui creciendo.
y observé aterrado los dientes de vampiro.
Dientes de vampiro por todas partes.
Tampoco me habían hablado de ellos.
Ni de la hipocresía.
Y huí.
Huí tan lejos como pude.
Huí no sólo en quilómetros.
Huí mentalmente y de corazón.
Lejos. Muy lejos.
Todo lo lejos que pude de la hipocresía.
Y de los dientes de vampiro.